Héctor Libertella: antólogo de lo alternativo

Un mapa con desvíos, confraternidades y sombras

“11 relatos argentinos del siglo XX. Una antología alternativa”, Aira, Dabove, Copi, Fernández, Gusmán,  Lamborghini, Libertella, Moreno, Pizarnik, Sánchez y Wilcock, Edición preparada por Héctor Libertella, Perfil , Buenos Aires, 1997, 273 páginas,

La noción de “canon” (sucesiones de voces que repiten un esquema musical fijo, según la acepción musical del término; institución de proporciones para lograr en el arte la perfección de la figura humana; orden de moción de lectura, etcétera) sobrevuela cualquier intento de convalidación antológica. Sentada en una paradoja: el valor sinecdótico que para la obra de un autor o la escritura toda supone el trazado de una topología de sentidos, como piezas de museo que funcionan emblemáticamente. En ésta, “una” antología (posible) alternativa, Libertella, quien se incluye a sí mismo entre los convocados con El paseo internacional del perverso, sugiere como emblema de este libro al relato Cecil Taylor, de César Aira, en aquello que tiene de marginal tal vida imaginaria. Pero hay emblemas (llaves) para todos los gustos: uno muy sugestivo, que preferimos, es el texto de Néstor Sánchez, Adagio para viola d’amore, fuertemente poético y, precisamente, silueta verbal  desdibujada que se recorta en el río, la del poeta (eco en un texto, retrato en palimpsesto) Juan L. Ortiz.

Será, entonces, natural (con)fraternizar al entrerriano, desde su excepcionalidad voluntaria en la poesía, con Macedonio Fernández, aquí elegido por Una novela que comienza (aunque convengamos en pensar que hay escritos mejores y no menos representativos de este autor). Y (re)unir a Fernández con Santiago Dabove, amigo del anterior, admirado por Borges, cuyo Ser polvo aspira a la fundición del cuerpo en vegetal, ser barro y tierra y minerales: metamorfosis de cuerpo/escritura junto a otras tumbas en un cementerio. (Todo esto mucho antes de que Deleuze y Guattari idearan su máquina de lectura rizomática).

El “otro” (alter) dibuja sus contornos para volverlos difusos con relación a su invisibilidad (se anota en el prólogo) ante el mercado.

“Lo otro” discurre por una lógica diferente: acaso una escenificación de la violencia en la letra que estalla y no trae alivio, porque se detiene en las escabrosidades del destrozo. El cuerpo lacerado una y otra vez de las vírgenes en La condesa sangrienta (Pizarnik), un tratado (perverso) de melancolía; el hijo criminal no deseado (outsider) de El frasquito (Gusmán); el parto impúdico en medio consignas (“Nunca seremos vandoristas”) de El fiord (Lamborghini). Cuerpos violentos en el cuerpo de un país que no termina de parirse. Un cuerpo escrito que es pura carnalidad. También marginal porque desborda las fronteras de los géneros y las convenciones del “pudor” que postulaba Borges sobre el “escribir argentino”. Textos impúdicos, “orilleros” de la lengua. Atinada elección de Libertella, en este sentido, de El uruguayo, de Copi, un relato de frontera, planteado como epístola que avanza siempre en la memoria que borra lo anterior. Desde la otra orilla, un transformarse en otro mirándose. De paso, operativo de anti-escritura que consiste en no rectificarse.

Antes de pensar en quiénes faltan, optamos por leer a quienes están. Ciertas fraternas complicidades trazan un mapa inestable (he allí la libertad de “lo alternativo”) de presencias. Por ejemplo, la voluntad transbiográfica de escritos como el de César Aira con su músico, tan ignoto (un outsider del mercado) como Dolly Skeffington en el trabajo de María Moreno (El affair Skeffington). Ser mujer, escribir en el París de entreguerras (cuando París era una fiesta para la “generación perdida” norteamericana) borrando rastros (otra vez): “Como si no hubiera nacido nunca”. Porque la expropiación de la fama (la firma) es, también, una forma de violencia.

J. R. Wilcock, el argentino que, como Copi, “perdió” su lengua (si se quiere, otra actitud de borramiento y de autoinvención), transita en comunidad involuntaria con ambos anteriores el derrotero biográfico de Llorenc Riber, un director de orquesta aficionado a los conejos (siempre los incluía en sus puestas) que termina sus días devorado por un león. Cecil/Llorenc se reúnen en trayectorias incomprendidas, en crónicas de estrepitosos fracasos. Construir sus biografías se convierte en un  acto poco pudoroso.

¿Dónde terminan las fronteras del “canon”? ergo ¿Dónde comienza lo alternativo? ¿En Borges despidiendo a Lugones para ocupar su lugar? ¿En Copi desde Francia recordando a Borges el día de su muerte con uno de sus dibujos, ironizando sobre la existencia de Dios? ¿Será, acaso también, un límite el morir del otro lado, en otra orilla, ambos, como Wilcock, y Lamborghini?  ¿Será cambiar de/la lengua, trasmutar el cuerpo, travestir la política, contar los reveses de una vida como parodia del mercado? ¿O ejercer, con la lengua afilada, la violencia de la víctima?

Acaso sea esta, una alternativa más: “Se trata, al fin y al cabo, de una lucha, solitaria y atroz: deformar todo, desconfiar siempre de los sentidos dados y, simultáneamente, dejarse… dejarse arrastrar por lo que llega, por lo que nos sacude o nos tremola (…) Chispazos de una intermitencia maquinal lían los filamentos sueltos, derraman baldes de sombra en la sucesión y alteración de las palabras” (Néstor Perlongher).

Publicado en la sección Cultura de La Voz del Interior (comentario de mi autoría).

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