El desierto y su semilla: Jorge Baron Biza

La memoria incensante

“Tarde o temprano yo también seré sólo un texto”

Jorge Baron Biza

Jorge Baron Biza es un autor secreto en Argentina. Su carácter secreto no está dado por el repliegue de su obra a una zona de silencio, como podría ocurrir con otros autores, sino por la condensación de sus posibilidades en una única novela, que sorprendió a legos y lectores no especializados cuando apareció, en 1998. En esa obra, titulada El desierto y su semilla, Baron Biza hijo puso en palabras la novela negra de su familia sin agotarse en la, ya de por sí, novelesca autobiografía, construída a partir de la tormentosa relación entre sus padres y la vinculación de ambos con los destinos políticos del país. El desierto … es también el itinerario de un cuerpo –un rostro- doliente y en proceso de metamorfosis y el viaje de iniciación a la escritura que el lector comparte como un descubrimiento progresivo. En este texto de madurez –lo publicó a los cincuenta años, aunque,   toda su vida estuvo rondando en él- , Baron Biza dejó abiertas las claves de su personalidad creativa. La obra no puede sustraerse de su propia fatalidad; sigue formulando preguntas, al pasado como herencia o desafío de escritura; a la novela como matriz o desierto. El final de la novela es el comienzo de una obra que interroga desde el silencio abierto por el suicidio del autor, acaecido en julio de este año. En los márgenes de este texto hay una constelación de escritos dispersos en diarios, revistas culturales y publicaciones en colaboración.  El escritor no tuvo aspiraciones académicas: su sentido de erudición estaba más allá de los claustros: “me formé en colegios, bares, redacciones, manicomios y museos de Buenos Aires, Friburgo del Sarine, Rosario, Villa María, La Falda, Montevideo, Milán y Nueva York. Leí Mann, traduje Proust. Viví treinta años de mi trabajo como corrector, negro, periodista (desde publicaciones de sanatorios psiquiátricos hasta revistas de alta sociedad) y crítico de arte” es su escueta presentación en la solapa de El desierto…

La escuela de la calle

Jorge Baron Biza nació en Buenos Aires, en 1942. Su biografía laboral da cuenta al menos de tres vertientes en las que estuvo volcada su producción escrita: la periodística, la crítica y la ficcional.

Colaboró en los medios de prensa más importantes del país, especialmente como periodista cultural. En el suplemento Radar, del diario porteño Página 12, contribuyó a difundir la obra de autores de Córdoba, la misma ciudad en el centro de la república argentina que habitó durante los últimos ocho años de vida. El matutino local La Voz del Interior publicó sus críticas de arte en las páginas de la sección Artes y Espectáculos y el suplemento Cultura.

Pero a Jorge, como a los periodistas de antes, le interesaba la calle. Conoció a Córdoba, una ciudad de poco más de un millón de habitantes, al dedillo, de noche y de día. Era un observador agudo de las costumbres locales, a las que indagaba por distintos caminos. Canalizó esa curiosidad en una serie de notas preparadas en colaboración con la periodista Rosita Halac, que se publicaron regularmente en los suplementos dominicales de los diarios La Voz del Interior, Página Córdoba y Adiario, y reunidas en el libro Los cordobeses en el fin del milenio, de 1999.

Estos trabajos están escritos en un lenguaje ameno y reflexivo a la vez. Son apuntes rápidos que calan con agudeza en las manifestaciones de un modus vivendi, del que el lector es arte y parte. En algunos casos, interviene la referencia bibliográfica, vinculada a temas de actualidad. No obstante, la biblioteca de Baron Biza, aunque abreva de diversas fuentes, no es conspicua. Según el testimonio de un amigo del escritor, hombre de palabra a su vez, Marcelo Scelso, en sus anaqueles es posible encontrar “sólo lo indispensable, el resumen de una vida de estudio detenido, sus libros anotados, gastados por el uso. Quizás la más densa, la que más información contiene de cuantas bibliotecas he conocido.

Algunos textos periodísticos dentro de esta línea costumbrista se abocan directamente a un trabajo de campo: así, por ejemplo, el artículo en el que analiza las modalidades expresivas de los adolescentes y su relación con conductas y tendencias (Lenguaje adolescente “Hablo lo que soy”; Graffiti estudiantiles: Los jóvenes escriben, las paredes hablan) o las incursiones en el mercado, la peluquería, el barrio, la noche de los vendedores de diarios.

Baron Biza conocía bien las tensiones de la idiosincracia local: su clericalismo y progresismo, la desconfianza y la picardía inteligente sin distinción de clases; la mezcla de conservadurismo y rebeldía en que se forjaron, por ejemplo, un Ernesto “Che” Guevara, tanto como un Leopoldo Lugones.  Y el punto cardinal de su linaje. Un linaje excéntrico que es la imagen de la semilla creciendo en el desierto.

Arón o el nombre del padre

La novela comienza con la destrucción de un rostro. Tras firmar los papeles del divorcio, Arón le arroja ácido a la cara de Eligia, su flamante ex mujer, y se suicida al día siguiente. Ella alcanza a cubrirse los ojos, pero poco quedará de lo que fue, su nariz respingada por una cirugía estética y los rasgos heredados del padre, gobernador de la provincia y uno de los líderes del partido radical cordobés. El hijo de ambos, Mario Gageac, será el encargado de acompañar el peregrinaje de ese rostro al que irán cubriendo colgajos, apósitos, injertos y la propia madre naturaleza operando activamente en la formación de quelonios, úlceras y cicatrices.  Tras las primeras intervenciones en un hospital local, Mario y Eligia se embarcan a Milán, para confiarle el trabajo, que nadie quiere asumir aquí con la hija del político, a un médico especialista en cirugía reparadora, que ha experimentado veinte años atrás, con soldados heridos por la guerra.

Si el rostro de su madre es un enigma activo que lo fascina y repugna a un tiempo, la pregunta por el padre no es menos crucial. Hay una identidad que se persigue en el texto y que no encuentra su lugar. Mario viaja al final de la noche de su tragedia familiar, padece las consecuencias de su alcoholismo, se vincula con una prostituta, afronta el hambre, entregado a esa historia. Urga en los papeles de su padre, revolucionario, iconoclasta, pornógrafo, que ha sufrido la cárcel por sus desmesuras, de las cuales la agresión contra su esposa y contra su propia vida  parecen ser el epílogo natural. Entre la fascinación y el espanto, el hijo indaga su linaje en ese rostro deshecho y entre los escritos de ese hombre: “Yo despreciaba sus escritos, y me esforzaba por diferenciarme de él  (… ). Ahora, la opción parece ser, para mí, o parricida de su memoria, o resentido por herencia, sin beneficio de inventario; o vulgar imitador en la copa y el balazo.” .

Eligia o la primera mujer

Atado a ese cuerpo doliente al cual debe asistir, y con el peso de una herencia blasfema –herencia de una escritura, portación de apellido- Mario aprende una lengua que usufructúa términos del cocoliche, el latín y el alemán aprendido en un colegio suizo.  Una lengua en estado de fermentación, inacabada. Baron Biza interpone la distancia del traductor; es el extranjero que opera sobre la lengua de su historia como el cirujano en el rostro de Eligia.

Cerca de este cuerpo inscripto en una historia hay otro, un cuerpo político, enterrado a pocos kilómetros del hospital que intenta rehabilitar a Eligia. Es el cuerpo de Eva Perón, la esposa del general Juan Domingo Perón, presidente de los argentinos en tres períodos y fundador del Partido Justicialista, un movimiento de corte populista que alentó la reivindicación de los derechos de los trabajadores, inspirado en el socialismo italiano de Mussolini. Eva muríó joven, víctima de un cáncer, y fue rápidamente transformada en mártir y santa en el imaginario colectivo. Eligia está en las antípodas de la ideología peronista, pero comparte con aquella “primera mujer” la prepotencia de su corporalidad; una bella y oculta, la esposa del general; la otra, deforme y expuesta, la hija del gobernador. A Eligia le llevará muchos años recuperarse; su gesto final no es menos desmesurado que el de Arón cuando se arroja al vacío. Mario también tiene su acto de desmesura cuando tajea el rostro de Dina, la prostituta.

La novela familiar

“Esto es una novela” o “Esto no es una pipa”. En el cuadro de René Magritte, la pipa dibujada es una representación. Hay dos pipas: la que sirve de modelo y la que copia al modelo. En la novela de Jorge Baron Biza, la remitencia a la historia familiar, legendaria en Córdoba, pero desconocida para otros márgenes, aparece al final, en el epílogo destinado a la consignación de las Fuentes del relato. El nombre del padre, Raúl, figura reiteradas veces en autoría de los libros: El derecho de matar, Punto final y Por qué me hice revolucionario, publicados en los años treinta. Las referencias a la madre, Clotilde Sabattini, están inmersas en el cuerpo de la narración. Clotilde hizo importantes aportes a la educación argentina y viajó a distintas partes del mundo dictando conferencias sobre proyectos de modernización del sistema educativo. Tuvo un perfil discreto, a diferencia de su turbulento esposo. El episodio del ácido es tan real como las circunstancias de su muerte y de la de su agresor.

Raúl se casó en primeras nupcias con Myriam Stefford, una austríaca de 25 años a la que le gustaba pilotear aviones. En uno de esos raides encontró la muerte, el 26 de agosto de 1931. Enloquecido de amor y de furia por la pérdida, Raúl hizo construir un monumento funerario de proporciones, en la ruta que une la localidad serrana de Alta Gracia con la ciudad de Córdoba. Se trata de un ala de 82 metros de altura y una escalera caracol en su interior de 237 peldaños, que conducen a la punta del ala. En las bases está la cripta abovedada. Para acceder a ella, es preciso descender treinta escalones. La inscripción de la lápida en granito está cargada de teatralidad faraónica: “Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que, en su audacia, quiso llegar hasta las águilas”. Y, sobre la misma losa, la advertencia: “La maldición caerá sobre quien ose profanar esta tumba”.  Dicen las lenguas locales que, junto con los restos de su mujer, Raúl enterró sus joyas, entre ellas, el diamante “Cruz del Sur”. Dicen, además, que hay explosivos en la tumba listos para activarse, ante el menor intento de violar el interior del sepulcro. Lo cierto es que, desde hace un año, estos terrenos fueron adquiridos por una empresa constructora de caminos, interesada en explotar el predio para abrir una ruta alternativa. El ala se convertiría en museo. Son los tiempos de la globalización.

El viudo enamoró a la hija adolescente de Amadeo Sabattini, que fue gobernador de Córdoba a fines de la década de 1930. Como era de esperar, el noviazgo no siguió las formas convencionales de la época. Pero, tras el rapto de Clotilde, la pareja contrajo matrimonio, con todas las de la ley. Tuvieron tres hijos. El segundo de ellos fue escritor. Un escritor secreto que le ha dejado a los lectores el desafío de su nombre en el cuerpo de una obra inconclusa: “Mi nombre actual –escribe en la última página de El desierto y su semilla es Jorge Baron Sabattini. No sé si Jorge Baron Biza debe ser considerado mi otro apellido, mi patronímico, mi seudónimo, mi nombre profesional, o un desafío”.

Andrea Guiu

Leave a comment

Filed under Uncategorized

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s