Juan José Saer: El río sin orillas

Saer/Martínez Estrada/ desde el lugar de “El río sin orillas”, de Juan José Saer, editado por Alianza, Madrid/Buenos Aires, 1991, 250 páginas.

Desde un avión, cómo ve ese río Saer, “desarraigado” en París desde fines de los sesenta, santafesino, litoraleño (para más datos, ver ficha). El rito, la percepción exacerbada y morosa del entorno, y la memoria que se construye de esos detalles como un mosaico construido a partir de fragmentos miniaturizados.  En este libro escrito por encargo, Saer dice de ese río equívocamente llamado “de la  Plata” por la expectativa exagerada de los conquistadores españoles, ávidos de utopías de riqueza que este territorio no pudo conformar (recordar a Martínez Estrada y la defraudación del conquistador aventurero: “Habiéndolo dejado por primera vez a los treinta y un años, después de más de quince de ausencia, el placer melancólico, no exento ni de euforia, ni de cólera, ni de amargura, que me daba su contemplación, era un estado específico, una correspondencia entre lo interno y lo exterior, que ningún otro lugar del mundo podía darme. Como a toda relación tempestuosa, la ambivalencia la evocaba en claroscuro, alternando comedia y tragedia. Signo, modo o cicatriz, lo arrastro y lo arrastraré conmigo dondequiera que vaya. Más todavía: aunque trate de sacudírmelo como a una carga demasiado pesada, en un desplante espectacular, o poco a poco y subrepticiamente, en cualquier esquina del mundo, incluso en la más imprevisible, me estará esperando.”

Saer reconoce el trabajo de E.M.E., un antecedente indudable de este “tratado imaginario”, si bien Saer rescata, por ejemplo, y acaso por su propia percepción de argentino extranjero en Europa, las visiones de los viajeros que visitaron estas tierras desde Ulrico Schmidl, quien acompañó como cronista la expedición de Pedro de Mendoza, hasta Caillois y Gombrowicz, en los años de “Sur”, y sus políticas confrontadas respecto a su modalidad cultural/social de relación con el campo intelectual de entonces.  Volviendo a E.M.E., s/él dice Saer en pág. 96:  “Como corolario al período inmigratorio, interminables discusiones sobre la supuesta esencia de un no menos supuesto ser nacional ennegrecieron páginas y páginas de libros y revistas. Unicamente nuestros mejores pensadores, como Ezequiel Martínez Estrada, igualmente calumniado por nacionalistas emocionales y cientificistas extranjerizantes, comprendieron que un país no es una escencia que se debe venerar sino una serie de problemas a desentrañar e, inventando sus propios métodos, forjados de ese entrecruzamiento local y planetario, se abocaron a la tarea.”

“Ostracismo o destierro fue el salario que percibieron. A diferencia de otros países latinoamericanos, como México por ejemplo, donde, para bien o para mal, los intelectuales se integran en la sociedad y pueden aspirar a influir en ella, en la Argentina, salvo rarísimas excepciones, son marginales, estén dentro o fuera del país. Este hecho no es necesariamente nefasto para la independencia de pensamiento, pero es un síntoma inequívoco que merece ser señalado. El exilio es un desenlace frecuente de esa situación, de la que los más deshonestos, como los dictadores y sus escribas, pretenden sugerir que es un privilegio. La lista de exiliados, interiores o exteriores, es demasiado larga como para permitirme fatigar al lector con ella, pero un hecho significativo es que cada gobierno que llega al poder incluye en su programa, a menudo bastante brumoso, la repatriación de los restos de Fulano o Mengano. En este sentido, la fuga precipitada de un anciano ciego, dejando a los 85 años su querida ciudad para ir a morir en Ginebra, más allá de los sórdidos problemas de herencia que según dicen la motivaron, es un emblema patético”.

Aliento estradiano en  la parte más “politizada” del texto, capítulo Invierno, una suerte de recorrido doloroso por la historia del país, haciendo hincapié en la dictadura reciente, y el sentido especulativo, el miedo, la traición, la complicidad, etc. de la sociedad argentina. Un poco la herencia de ese periodo, vista con amargura por quien eligió ¿eligió? otra orilla para sobrevivir de este su país. Algo discutible, por cierto, es la legitimidad de esta lectura, o el lugar de quien la realiza. Recuerdo los reclamos del grupo de “Contorno” respecto a la visión “desde el balcón” s/ los acontecimientos, ese hablar desde afuera de la historia sobre la historia; Saer mira desde el avión.  Si tiene o no el derecho de hacerlo, ese es un tema conflictivo. El punto es porqué los argentinos nos empeñamos en asumir el lugar de “puros” (como alguien le reprochó al mismo E.M.E.) para pensar nuestro problemas. Porqué la necesidad de “afuerizarnos” cuando nos escribimos y de preguntarle al “afuera” (viajeros, o huéspedes de los desarraigados argentinos en el extranjero) s/nuestra supuesta inequívoca identidad.  Algo inteligente como salida de este libro, indudablemente difícil de cerrar, es la apelación al rito como convención e ilusión ceremonial de identidad: el asado, institución argentina por excelencia, regreso a los orígenes. En esto nos recuerda a su novela “El limonero real”, sobre la muerte del hijo y el sacrificio de un cordero a fin de año como comida que unirá a la familia. Todos los preparativos de la ceremonia en torno a las relaciones interpersonales, los cruces del río, los gestos que se repiten como costumbre y a la vez en un sentido ritualista.

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