Si hubiéramos vivido aquí: Rodolfo Raschella

HEREDARÁS LA LENGUA

Si hubiéramos vivido aquí, por Roberto Raschella, Losada, Buenos Aires, 1998, 205  págs.

El viaje puede ser, lo demuestran los relatos iniciáticos, un método que permite a los héroes encontrar su verdadero destino. Bajo riesgo de muerte y con pérdidas a menudo irreparables, como la de la infancia. El viaje iniciático tiene funciones fijas (lo estudiaron los estructuralistas): hay trabajos, misiones, consignas mágicas, peripecias por sortear antes del premio, sea éste la princesa, el botín, el paraíso perdido, el reino o todos esos tesoros juntos. En el mejor de los casos.

Estos son viajes “hacia adelante”, según conviene a los fines didácticos que alientan. Pero existen diversos tipos. Los hay que son fugas (el exilio); o búsquedas (¿estrategias?) de consagración política, intelectual, económica. Este último derrotero es ya un lugar común de los países periféricos que, aplicado a los intelectuales argentinos, mereció pocos asedios tan reveladores como los de David Viñas, desde Literatura y (realidad) política a De Sarmiento a Dios.

La fuga puede devenir consagración. Un caso interesante al respecto es el del franco-cordobés Héctor Bianciotti, quien se embarcara en 1955 por consejo de Rodolfo Wilcock (también emigrado) a Europa en pos del reino de una nueva lengua. Y de una patria menos hostil que aquella que, desde su más tierna niñez piamontesa en Córdoba, hasta los ‘50 de su juventud perseguida por edictos policiales, lo expulsaba. La huída de un cuerpo político, de una raíz malquerida, de ambas lenguas “impuras” (el español y el italiano), aunque no menos ciertas por el estigma biográfico (decía Lezama Lima: “deseoso es aquel que huye de la madre”) lo proyectan “hacia afuera”, hasta encarnarse en el cuerpo lingüístico de la patria que hacía tiempo había elegido su imaginación bibliófila. Y ser ungido en su custodio. No deja de ser un final feliz, digno de un precoz  colaborador de Sur.

El viaje como descenso

Si traemos a colación estos ejemplos es porque, indudablemente, el viaje, la lengua y la situación biográfica son los ejes que sustentan el trayecto narrativo de la novela que comentamos. Raschella y Bianciotti tienen algunos puntos de encuentro: son contemporáneos (sus nacimientos coinciden en 1930), vinculados en su momento al cine (el primero, además de ensayista y poeta, escribió guiones, colaborando en revistas especializadas del séptimo arte), ambos vivieron en el exterior y fueron traductores. Raschella suma a su trayectoria literaria la actividad docente y la colaboración asidua en revistas de prestigio como Sitio (uno de cuyos editores fue Ramón Alcalde), Diario de poesía e Innombrable. Ha publicado los libros Malditos los gallos, Poemas del exterminio y la novela Diálogos en los patios rojos. Pero los caminos de estos  escritores se bifurcan. Y el de sus obras.

Si hubiéramos vivido aquí es una hipótesis de lugar ambigua. No hay opción de lengua; por el contrario, el narrador, que se recuerda joven en la travesía hacia la patria de su padre, al sur de Italia, vacila en la frontera de una lengua inventada; una tercera lengua que es mixtura, sonoridad, forzamiento. Literatura.

Es una lengua que relata su propia peripecia hacia el fruto original. No en vano el protagonista (“il caro nepote”) encuentra en la casa de su abuela, cada vez que la frecuenta para conocer algo más del joven desconocido que fuera su padre, un higo seco por fuera y jugoso en su interior: fruto que es para él “como las palabras”. ¿Fruto prohibido? Las palabras desactivan los silencios, sueltan de la memoria pasajes de horror. Hay muertos tras esas palabras, no siempre muertos por muerte natural. Cárceles, persecuciones, sangre vengando a la sangre entre hermanos. Por momentos, la Italia fascista, pero también, la vida de los pueblos pequeños y brutales, el golpe certero contra el infractor de la herencia, el silencio tácito de los cómplices. La huída (esta vez, hacia ninguna parte) como expiación de la culpa. Que no es un pecado original, sino histórico.

Algo de la atmósfera rulfiana planea sobre los espectrales portavoces de esta familia. Pero el recorrido es inverso: los muertos van despertando en la memoria de los sobrevivientes;  la utopía se desactiva;  el lugar (donde hubiéramos vivido, o no) existe y es descenso: “Imaginar -escribe el hijo de Roque- hubiera sido una traición. Verás muchas cosas, me dije. Acaso llegarás a la fría, a la fina cognición. Entonces, descendí yo también, por primera vez.”.

En la prosa de Raschella, los testimonios son versiones que se van encadenando hasta formar un solo rumor de medias verdades. El tono de la narración es, por momentos, profético, como si el futuro no pudiera ser explicado sino a partir de las acciones graves que marcan la vida de los miembros de esa familia. La consigna, aunque se formule con el beneficio de la conjetura, es la responsabilidad de la memoria: Si no hubiéramos olvidado como olvidamos… dice el tío al hijo de Roque, quien, se desliza fugazmente en un diálogo del texto, sabe también de huidas y cárceles en la tierra prometida que hospedó a sus padres. La admonición no emana los labios ancianos sino de quien corrobora en su descenso el poder ancestral de la de lengua: “¿Había en alguna parte un término mayor que la palabra y la clase, la vejez y el tormento, el clamor y la juventud?”. Historizar esa lengua es el mandato que le da sentido a la tarea del novelista. No en vano las últimas páginas de Si hubiéramos vivido… son un catálogo de consejos sobre “el bien escribir”, legados por un habitante del “paese” a su coterráneo del Nuevo Mundo.

Muchos son, aún y afortunadamente, los viajes (literarios) por hacer. Y, de hecho, distintos los mapas por trazar. Frente a la banalidad de aquellos autores para quienes hacer memoria es oficio de chismosos de alcoba políticamente correctos, reconforta el hallazgo de textos que todavía ambicionan la construcción de una poética. La lengua, no mero instrumento, sino interrogación sobre los límites de lo decible (o decidible, si seguimos a Derrida) y lo legible en los relatos del pasado.

Publicado en la revista Tramas para leer la literatura argentina. Vol. V, Nro 10, 1999, Córdoba.

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