Leopoldo Lugones: Un escritor en el ojo de la tormenta


(Nota original del periodista Hernán Arias, del diario Perfil, aquí)

La editorial de la Universidad Nacional de Villa María, dirigida por el periodista, docente y crítico literario Carlos Gazzera, ha lanzado una colección titulada Letras y Pensamiento en el Bicentenario, la cual tiene como objetivo llevar adelante la publicación de “textos representativos de la literatura y el pensamiento argentino, enmarcados por rigurosos estudios preliminares de especialistas, que faciliten un acercamiento actualizado sobre temas clave” de nuestra cultura. Y los primeros títulos en aparecer fueron el Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento, con un estudio preliminar de José Pablo Feinmann, y Las fuerzas extrañas. Cuentos fatales, de Leopoldo Lugones, con un estudio a cargo de Noé Jitrik; para octubre está prevista la publicación de La cautiva / El matadero, de Esteban Echeverría, junto a otros textos del autor acompañados por un estudio de Carlos Dámaso Martínez.

Llamativamente, la publicación de Las fuerzas extrañas. Cuentos fatales en esta colección coincide con la aparición casi simultánea de otros tres libros vinculados a la figura de Leopoldo Lugones: Cartas de una hermandad, que reúne la correspondencia que Lugones, Horacio Quiroga, Ezequiel Martínez Estrada, Luis Franco y Samuel Glusberg mantuvieron entre sí, editada por Horacio Tarcus; Leopoldo Lugones. Los escritores y el poder, una biografía política sobre el autor de Las montañas de oro escrita por Cristina Mucci; y Retrato de familia, una autobiografía novelada firmada por Tabita Peralta Lugones, bisnieta del poeta.

El personaje. Al leerlos de corrido, lo primero que notamos en estos libros es un marcado interés por la controvertida figura del poeta de Villa María del Río Seco, por sus actividades y opiniones políticas, muy por encima de la atención que suscita su obra, con la excepción del estudio preliminar a cargo de Noé Jitrik. En ese texto introductorio, titulado “Las narraciones ‘fantásticas’ de Lugones”, Jitrik procura establecer nítidos vínculos entre las actividades político-culturales del poeta, sus libros, y el contexto social en el que éstos fueron escritos.

En primer lugar, Jitrik afirma que la existencia de Lugones responde más a un modelo de intelectual del siglo XX que a un bohemio del siglo XIX, y asegura que, en contraposición a lo que puede pensarse debido a la trascendencia que alcanzó su nombre, este escritor mantuvo una vida sin estridencias en lo personal, en muchos momentos incluso “de sesgo burocrático” y volcada a “la búsqueda de la sabiduría”, lo que la diferencia de la de algunos autores que lo precedieron e influenciaron, como Rubén Darío o Ramón del Valle Inclán. “Los riesgos que sí asumió –afirma Jitrik– fueron en lo político, y por ello pagó un alto precio.”

Estos “riesgos” no son otros que los cambios de orientación ideológica que Lugones manifestó siempre públicamente: primero fue un anarquista radical, luego se convirtió en un simpatizante del socialismo, después se acercó al liberalismo más ortodoxo, para llegar, en los últimos quince años de su vida, al autoritarismo militarista. Jitrik señala que después de los años 30 las opiniones de Lugones “lindan con el fascismo”, y compara esta “evolución” con la de otro escritor cuya vida también trazó un arco ideológico llamativo: el mexicano José Vasconcelos.

En el libro de Cristina Mucci Leopoldo Lugones. Los escritores y el poder, esta mutación ideológica constituye el eje en torno al cual giran las reflexiones de la autora y otros escritores e intelectuales a los que cita. Pero lo que sorprende es el tono del libro, fluctuante entre el lamento y la denuncia, ya que con este trabajo Mucci parece querer torcer lo que sería una costumbre histórica de los argentinos: la ingratitud para con sus intelectuales y artistas. En el tercer capítulo, la autora escribe: “La Argentina fue siempre un país ingrato. Ser escritor era una actividad prestigiosa para quien contara con fortuna o, en todo caso, podía ser el segundo oficio de abogados, médicos, políticos o militares. Lucio V. Mansilla era militar, Eduardo Wilde, médico, y Miguel Cané, diplomático. El [Lugones] parecía condenado a vivir en estado de incertidumbre, luchando siempre por la mera subsistencia”.

También Ezequiel Martínez Estrada, en La cabeza de Goliath (1940), hace referencia a la austeridad en la que vivía y trabajaba el poeta: “En su despachito, sin habitaciones particulares ni mucamos, sin automóvil, sin colaboradores familiares, sin edictos, transcurrió parte de su luminosa vida. (…) Una vez, en los malos tiempos de siempre, lo encontré frotándose las manos ante la estufa, con la cabeza casi totalmente encanecida, su traje pulcramente aseado y raído de las tareas sedentarias. Sentí en mí la pena y la vergüenza de doce millones de seres humanos juntos, y sentí ganas de tirarme al suelo y ponerme a gritar”.

Sin embargo, al leer las misivas reunidas en Cartas de una hermandad, uno tiene la impresión de que el propio Lugones se hubiera sobresaltado al ver que Martínez Estrada se tiraba al piso y empezaba a gritar. En una carta dirigida a Samuel Glusberg, fechada en julio de 1924, el poeta escribe: “Usted sabe que soy literalmente capaz de componer versos y hasta de hacer vida social sobre una granada con la mecha encendida. Y con todo, me quejaría injustamente, porque soy feliz como pocos hombres lo fueron”.

Un cómico de la lengua. Más allá de esta supuesta “ingratitud” argentina, es interesante observar las opiniones que algunos de sus colegas han escrito sobre Lugones. Tal vez una de las más contundentes –y ácidas– sea la que Ricardo Piglia pone en boca de Emilio Renzi, el protagonista de Respiración artificial, quien durante una conversación en la cantina de un club, dice: “Lugones, funcionario burocrático, escritor encorsetado (…) era abstemio, practicaba esgrima, decía disparates sobre filología y traducía a Homero sin saber griego, dijo Renzi. Un tipo realmente ridículo este Lugones, para decir la verdad: el modelo mismo del Poeta Nacional. Escribía de tal modo que ahora uno lo lee y se da cuenta de que es uno de los más grandes escritores cómicos de la literatura argentina. Comicidad involuntaria, dirá usted, pero creo que allí residía su genio, dijo Renzi. Esa capacidad desmesurada para ser cómico sin darse cuenta lo convierte en el Buster Keaton de nuestra cultura. ¿Usted leyó La guerra gaucha? Uno la lee y encuentra allí un talento cómico tan refinado, tan natural, que al lado de él, incluso los chistes de Macedonio Fernández no tienen gracia. Por ejemplo el chiste: ‘No entiendo cómo Lugones, siendo una persona tan informada, que ha leído tanto, tan estudioso de la literatura, todavía no se ha decidido a escribir un libro’. Los chistes de Macedonio Fernández, incluso ése, carecen totalmente de gracia, comparados con los textos de Lugones. Un cómico de la lengua, eso era Lugones, dijo Renzi. Un humorista con el genio de Mark Twain”.

Pero este tipo de “críticas” hacia el autor de Lunario sentimental no se encuentran sólo entre nuestros contemporáneos: los integrantes de la revista Martín Fierro (1924-1927), algunos de los cuales habían sido sus discípulos, también se burlaron de él. Bajo el seudónimo El Vizconde, Lazcano Tegui publicó allí un poema que decía: “Fue don Leopoldo Lugones/ un escritor de cartel/ que transformaba el papel/ en enormes papelones./ Murió no se sabe cómo/ esta hipótesis propuse:/ fue aplastado bajo el lomo/ de un diccionario Larousse”. En su libro, Cristina Mucci explica estas intervenciones como los típicos gestos de “parricidio” de una generación de autores que necesitaba demostrar su originalidad.

Y es probable que así sea, puesto que, exceptuando el caso de Piglia, en las declaraciones más o menos recientes de algunos escritores sobre Lugones notamos que ese tono burlón se diluye, e incluso hay quien encuentra aspectos para rescatar. En un cuestionario incluido en la revista literaria La rana, al que responden escritores y críticos, se les pregunta qué importancia consideran que tiene la obra de Leopoldo Lugones en el marco de la literatura argentina. Tomando a tres autores representativos de tres generaciones diferentes, tenemos en un extremo la respuesta lapidaria de Andrés Rivera: “No sé para otros: para mí, ninguna”. Del otro, la extrañeza de Oliverio Coelho: “Hoy en día me siento incapaz de valorar a Leopoldo Lugones. Me parece muy lejano. Es un verdadero fantasma, y como todo fantasma, esconde un precursor. Alguna vez en el Tigre pensé que me lo iba encontrar en un ropero o debajo de la cama”. Y en el medio el criterioso balance de Martín Kohan: “Tiene el valor de haber pesado sobre Borges, aunque sea reactivamente. Tiene el valor de su decisiva intervención a propósito del lugar que ocupa Martín Fierro en la literatura argentina. Tiene el valor de condensar un momento de particular nitidez ideológica con La hora de la espada, allí donde la nitidez ideológica, aunque sea para la consternación, puede apreciarse”.

La hora de la espada. En una de las cartas que le envía a Glusberg desde Ginebra, fechada en septiembre de 1924, Lugones le escribe: “Estoy más reaccionario de cuando salí, por razones que hasta ustedes los bolchevikófilos encontrarán buenas y aceptables, según creo. El mundo se pone infame”. En abril del año siguiente fue invitado al Perú para celebrar el centenario de la batalla de Ayacucho, y formó parte de la comitiva del ministro de Guerra, Agustín P. Justo. En esa ocasión dio el discurso que marcó un antes y un después en su vida. Delante del presidente del Perú, de sus soldados y ministros, Lugones dijo. “Señores: dejadme procurar que esta hora de emoción no sea inútil. Yo quiero arriesgar también algo que cuesta mucho decir en estos tiempos de paradoja libertaria y de fracasada, bien que audaz ideología… Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada”. Y continuó: “El pacifismo no es más que el culto del miedo, o una añagaza de la conquista roja, que a su vez lo define como un prejuicio burgués. La gloria y la dignidad son hijas gemelas del riesgo; y en el propio descanso del verdadero varón yergue su oreja el león dormido”.

Después de esto sus amigos liberales le retiraron el saludo y hubo protestas de estudiantes universitarios organizadas por Alfredo Palacios. Cuando volvió al país, Ezequiel Martínez Estrada rechazó un homenaje que Lugones intentó organizarle, argumentando “razones políticas y de índole moral”. También sufrió el rechazo del Comité Yrigoyenista de Intelectuales Jóvenes, que estaba integrado, entre otros, por J.L. Borges, Leopoldo Marechal, Raúl González Tuñón, Ulyses Petit de Murat, Carlos Mastronardi y Macedonio Fernández. Y se quedó solo.

En el libro Escritos sobre escritos, ciudades bajo ciudades, Juan José Sebreli afirma que “a Lugones le cabe el triste mérito de descubrir o inventar un nuevo sujeto histórico destinado a reemplazar tanto a la oligarquía liberal ilustrada como a las masas electorales: el Ejército. La idea del Ejército quitando el mando a una sociedad civil supuestamente incapaz de gobernar no es de ninguna manera una creación ideológica de los militares. Estos eran demasiado poco intelectuales, por emplear un término suave, como para formular esa idea, o ninguna idea”.

Por otra parte, en el estudio preliminar a sus libros de cuentos, Noé Jitrik sostiene que cuando se discute sobre Lugones las aguas se dividen entre quienes lo consideran “un ‘argentino esencial’”, y los que creen que fue “el resultado de un proceso perverso según el cual en América latina los valores se deterioran aun antes de constituirse”. Y asegura que la intervención de este escritor en el plano político tiene “anclajes trágicos”, debido a que representa un caso testigo del “intelectual latinoamericano [que] se inicia convencido de que su palabra es decisiva para el destino político de su país y concluye sintiendo que ha sido manipulado por poderes que muy poco estiman el pensamiento y la palabra”.

Un año antes de su propia muerte, cuando se suicidó Horacio Quiroga, Lugones escribió: “Se mató como una sirvienta”. Quiroga había tomado cianuro, un veneno muy usado para suicidarse por las empleadas domésticas porque era de venta libre en las farmacias. En febrero de 1938, después de anotar: “Pido que me sepulten en tierra, sin cajón y sin ningún signo ni nombre que me recuerde. Prohíbo que se dé mi nombre a ningún sitio público. Nada reprocho a nadie. El único responsable soy yo de todos mis actos”, rompió la tapa del frasco contra una escalera y también él bebió cianuro. Lo encontraron muerto en la habitación del fondo del parador El Tropezón, en una isla del Tigre.

Sigue

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2 Comments

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2 responses to “Leopoldo Lugones: Un escritor en el ojo de la tormenta

  1. Claudio Tagliabue

    Sobre Lugones:
    Si bien incursioné en la lectura de este escritor de pluma sobrecargada, me resultó una práctica muy fugaz. Ni bien comprendí que era un ícono para algunos nazionalistas conocidos de mi alrededor, lo abandoné. No me pasa lo mismo con Borgues o Vargas Llosa, en los que su talla de escritores, en mi caso, supera cualquier prejuicio. En definitiva, lo cancelé, para mi gusto, más por malo que por facho. Saludos.

    • missvera

      Hola Claudio, coincido con usted, hay autores que, pese a sus ideas políticas, nos siguen interesando como escritores, porque lo escrito tiene peso específico por sí mismo y es bueno. También está el caso inverso de la empatía política con autores cuya obra no aporta a la singularidad que debe construir un creador (un lenguaje, una poética). El caso de Celine es paradigmático y muy citado, y entre nosotros, claro, Borges. Lugones me interesa como figura paradigmática del siglo 20 argentino, en el sentido de su tragedia personal y familiar, más que como escritor, aunque los cuentos de “Las fuerzas extrañas” me han gustado en su momento, al igual que el “Romancero” Bienvenido a este sitio y gracias por su aporte. Saludos.

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